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Artículos (8)

En los Estados Unidos de América el «efecto del Walmart»[1] o las grandes empresas multinacionales, se conoce en los pueblos pequeños. ¡En América Latina ya lo conocemos tambien! “Donde llega Walmart (las grandes transnacionales), quiebran los negocios pequeños.” Igualmente ha sucedido con las iglesias pequeñas que han sido absorbidas, como negocios familiares forzados a cerrar. Las megaiglesias ofrecen mejores productos: amplio estacionamiento, buena música, excelente sonido, mayor variedad de ministerios, y personalidades con mensajes de fácil aplicación, mientras que las viejas denominaciones no solo luchan por sobrevivir, sino también por convencer a sus adeptos de mantenerse fieles a su “doctrina tribal”, pero su estructura heredada ya no responde a los retos del mundo como lo hacía algunas décadas atrás.

¡No debe prevalecer el pánico! Uno de los modelos mundiales de megaiglesias está hoy en decadencia y buscando reinventarse. Bill Hybels, pastor de la famosa iglesia norteamericana de Willow Creek, llegó a admitir en una importante conferencia que «hemos gastado millones de dólares pensando si ayudarían realmente a nuestra gente». ¡La cosa no funcionó!

¿Cuáles son los errores incurridos en las Mega-Iglesias en Latinoamérica?

Pero hay más errores que han sucedido en las megaiglesias de América Latina, y las quiero numerar. Permítanme, pues, mencionar algunas de las principales razones de la decadencia del modelo de megaiglesia, para que las nuestras pongan sus barbas en remojo.

  1. Primero: Atracción de ya convertidos en lugar de conversiones. En América Latina el énfasis en los buscadores sensibles perdió su enfoque con el tiempo, pues empezaron a atraer a más convertidos heridos y decepcionados de otras iglesias. Perdieron tal enfoque cuando dejaron de inculcar entre sus miembros el modelo de un evangelismo por atracción (invitar gente a la iglesia). Pues al invitarles, nadie les mostraba interés, no se les hacía un seguimiento, ni se hacían cargo de sus necesidades pastorales. Con el tiempo la cantidad de visitantes mermó, y la congregación se tornó más exclusiva que inclusiva.
  2. Segundo: el cuidado pastoral se convirtió en algo escaso. Algunas megaiglesias no desarrollaron un ministerio enfocado en grupos pequeños. ¿Cómo se puede atender las necesidades pastorales de miles de personas? Al menos en grupos pequeños se puede brindar cuidado. Sin embargo, al prestarse más atención a las actividades masivas que a los grupos pequeños, estas iglesias empezaron a declinar más rápidamente. Se les olvidó que una iglesia grande crece siendo pequeña. Mientras me pregunto: ¿quién cerrará la puerta trasera? Otras iglesias han adaptado modelos abusivos como los modelos de los 12, G12, G8, o el de la visiónPiden total lealtad, compromiso y entrega, y se llega a sacrificar a la familia, el empleo, y la salud de las personas. En algunas de estas iglesias se solicita que todo aquel y toda aquella que sea parte del proceso, firme un «contrato de la corporación celestial», donde la persona se somete a una total obediencia al pastor-apóstol mediante una alianza espiritual. ¡Y qué hay de Cristo?Abusos espirituales y de poder se cometen con estos modelos, todo por el crecimiento de la iglesia, pero no del Reino.
  3. Tercero: se contrata a los pastores para que se hagan cargo de los programas y no para brindar cuidado a personas. ¡Terrible error! La iglesia se trata de gente, no de unos programas. Por un lado, hay que tener claro que el pastorado es un don espiritual no un título: los pastores brindan cuidado pastoral. Por otro lado, los voluntarios recargados de trabajo sufrían agotamiento. No tenían un pastor que les mostrara cuidado, ni responsabilidad. Debían esperar cita de hasta dos meses para reunirse con alguno de sus pastores. Por último, los pastores generales ( e., celebridades, pastores carismáticos, ceos, [chief executive officers, ‘directores ejecutivos’]) encontraron que la gente los seguía a ellos, pero no a Cristo. ¿Quién predica este domingo? Al mermar la aparición de personalidades que manejaban el espectáculo, disminuyó la asistencia a los cultos.
  4. Cuarto: los largos mensajes o conferencias (pues no se usa más la palabra sermón) han sido el plato fuerte de las megaiglesias, y pronto empezaron a encontrar sus limitaciones. Tales mensajes son de corte sicologista ―se basan en la sicología popular en lugar de las Escrituras― y llegan a sacrificar el texto bíblico. Es decir, tales conferenciantes pasaban más tiempo leyendo libros de sicología popular que practicando una buena exégesis del texto bíblico. Este énfasis llegó a impactar con el tiempo en la pobre capacitación bíblica de sus miembros. Incluso en algunas de las megaiglesias la lectura bíblica desapareció de su liturgia o servicio. La gente llegó a saber más de pobre sicología aplicada que de principios bíblicos para su vida cristiana. La enseñanza bíblica es pobrísima.
  5. Quinto: su amplio real state (el mantenimiento o costo de sus propiedades) llegó a matarlas financieramente. Algunas de estas megaiglesias, al no requerir a sus miembros, provocaron que muchos de ellos nunca se comprometieran con sus diezmos y ofrendas. Tal vez el 20 % de los asistentes servían en ministerios y sostenían las finanzas de la iglesia. Los demás parecían ser visitantes recurrentes sin ningún compromiso. Eran como nómadas que cada domingo rotaban de megaiglesia en megaiglesia. Nuevos creyentes: ¿quién se comprometería en una iglesia donde a nadie le importa si yo existo? Los grandes edificios e instalaciones se convirtieron en algo difícil de mantener. ¡Cayeron en un círculo vicioso! No se pueden contratar más pastores para atender a los no atendidos (el 80 % de los asistentes) pues las instalaciones, y los altos salarios de las celebridades y otro personal se tragaban lo que el 20 % de sus asistentes donaban. Eso motivó a que la iglesia empezara a ser administrada como una empresa en vez de ser un instrumento para el Reino. Cada vez la estructura empezó a perpetuarse en sí misma, y a darse menos enfoque misional como en el evangelismo y el discipulado.
  6. Sexto: Al carecer la megaiglesia de una doctrina protestante (histórica) particular, todos eran bienvenidos a creer lo que quisieran creer. Por tanto, nadie sabía en qué se creía, ni en qué se debía creer, y, entre estos, los mismos pastores. Esto se agudizaba en aquellas iglesias donde sus pastores carecían de una formación teológica sólida, que son la mayoría. Y al atraer estas iglesias a personas de otras iglesias, se empezaron a generar diferencias que impidieron mantener la tolerancia. Se convirtió en imperativo consolidar una doctrina, y aquellas iglesias que lo hicieron debieron decir  a ciertos criterios y no a otros. Al producirse esta consolidación doctrinal sus miembros disminuyeron por diferencias irreconciliablesLa razón de todo esto es que la sicología popular es el plato más sencillo de preparar en sus predicaciones.
  7. Séptimo: El mercadeo se convirtió en la herramienta más importante para diseñar su modelo. Al preguntarle a la gente de clase media sobre el tipo de iglesia, programas y actividades que desearían, se generó la megaiglesia. De esta manera vale la pena aseverar que la megaiglesia es producto delmarketing, nunca de la misión de Dios. La iglesia respondió a las inquietudes del mercado, y con tal de satisfacer ese mercado sacrificó la identidad transformadora del Evangelio. ¿Qué hay de la misión de Dios? La iglesia es la agente del Reino en el mundo, no el teatro de doctrinas escogidas para no ofender a nadie. Al valorarse las expectativas de los buscadores por encima de la ética bíblica, la comunidad se convierte en una masa estadio de individuos que demandan un buen espectáculo religioso, pero sin el más mínimo interés de crecer y servir en un mundo quebrantado que necesita de Cristo (pues así fue como aprendieron el significado de la vida cristiana).
  8. Octavo: Decisiones tomadas por una pequeña cúpula de poder. A los pastores generales de las megaiglesias les gusta hablar de trabajo en equipo. Sin embargo, cuando el pastor y su esposa son los pastores generales, las decisiones se toman en la alcoba y no con los otros pastores. Aún peor, sus equipos lo componen sus clones. Líderes que ellos mismos han domesticado, y que fueron contratados por confianza y no por su currículum y capacidad profesional. Ninguno de estos líderes contratados tiene el valor de contradecir al pastor general, pues es un equipo jerárquico, y no democrático. ¿Es eso trabajo en equipo? ¿Quién contrata y despide a los pastores en las megaiglesias? El trabajo en equipo requiere de una organización plana, nunca jerárquica.
  9. Noveno: Poco énfasis en misiones transculturales. A pesar de ser iglesias con cierta pasión por afectar a la sociedad con el Evangelio, su apoyo a las misiones o ministerios transculturales es mínimo. Su enfoque no está allá, sino aquí. Toda la energía está enfocada en el espectáculo del domingo. El presupuesto habla por sí solo. Es increíble notar el presupuesto operativo de estas iglesias, en comparación con el presupuesto que brindan a los misioneros, y a los programas sociales. El hecho de estar gorditos no significa que estemos sanos.
  10. El décimo y último aspecto es ese fuerte énfasis teológico en la prosperidad en algunas de las megaiglesias, sobre todo de cortes neopentecostales. ¡La teología eje de estas iglesias es la prosperidad! Si uno prospera es señal de su fidelidad hacia Dios y de que ha recibido su bendición. Prometen a todos poder prosperar si siembran con fe. Sin embargo, es interesante que algunas de estas iglesias explican (no muy abiertamente) que los que reciben tal promesa de prosperidad necesitan de ciertos requisitos espirituales y morales cercanos a la descripción éticoespiritual de San Francisco de Asís. En otras palabras, yo puedo sembrar todo lo que pueda, pero si no prospero es por algún pecadillo que he cometido en mi vida (pecado aun de omisión que la misma persona pueda ignorar). ¡La cosa es que no hay forma de perder ni ganar en este negocio de argumentos en cuanto a la siembra y la cosecha!

Conclusión.

Aunque hay algunas cosas positivas que se podrían señalar de las mega iglesias, el peligro es grande a menos que se corrijan estos puntos. ¿Están sus pastores dispuestos a escuchar y querer corregir estas deficiencias para fortalecer su iglesia al servicio del Reino?

Articulo adaptado de: Osías Segura Guzmán, Riquezas, templos, apóstoles y superapóstoles: Respondiendo desde una mayordomía cristiana(Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2012), 229-234.

 

Con cierta frecuencia, el pueblo de Dios encuentra una gran dificultad en mantener el balance entre verdades bíblicas que nosotros colocamos en polos opuestos, pero que Dios coloca una al lado de la otra. Recientemente leí un artículo donde el autor hacía una comparación entre tres posibles (y únicos) enfoques a la hora de enseñar: la predicación de la gracia del evangelio, el libertinaje, y el legalismo. Si lo presentamos de esa manera, el único tipo de predicación que tiene sentido bíblico es la predicación de la gracia del evangelio. El problema está en que el libertinaje es una distorsión del uso de la ley, como también lo es el legalismo. Ahora bien, la gracia solo representa uno de los atributos de Dios, y por tanto la predicación exclusiva de la gracia nos da una idea incompleta y desbalanceada del carácter de Dios.

Estoy convencido de que hay otro camino. El argumento que vengo sosteniendo es que el creyente necesita conocer el carácter de Dios como está revelado por Él mismo en su Palabra. Esto requerirá una dosis de predicación tanto de la ley como de la gracia. La ley de Dios representa Su carácter santo, y no hay manera de que la predicación del carácter santo de Dios pueda pasar desapercibida sin que la vida del creyente sufra significativamente. Por otro lado, la gracia es otra expresión de Su carácter, que alcanzó su mayor expresión en la cruz. Pero lo que demandó la cruz fue la santidad del carácter de Dios. Sin esa santidad, la cruz no hubiese sido necesaria. Leamos cómo lo expresó Pablo en esta porción de la carta a los Romanos (3:23-26):

“Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús”.

Dios Padre llevó al Hijo a la cruz para no dejar su justicia incumplida y su santidad sin vindicar. La cruz no es solo una expresión de su gracia: es también una expresión de su justicia. Cuando Cristo fue clavado en aquel madero, su gracia puso en despliegue su amor incondicional por los pecadores, y su justicia proclamó el compromiso de Dios consigo mismo de mantener en alto su santidad.

Aun con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, después de Génesis 3 y de este lado de la eternidad, necesitamos un recordatorio continuo de aquello que complace o no a nuestro Dios y esto lo hace la ley de Dios (ver los tres usos de la ley de Dios mas abajo).

Por otro lado, la gracia me ayuda a no sentirme aplastado por el peso de la santidad de Dios cuando peco, sobre todo después de haber creído y después de tener la iluminación de su Espíritu. De manera que yo necesito una dosis importante de gracia para caminar saludablemente; pero necesito una dosis igualmente importante de la ley para caminar santamente.

Predicando la ley

Como decíamos al principio, el pueblo de Dios tiende a mover el péndulo hacia un lado o hacia el otro, y raramente lo deja en el medio. Si bien en años pasados el legalismo fue ampliamente confundido con santidad de vida (“no hagas”, “no digas”, “no toques”, “no veas”), hoy en día lo que vemos es una despreocupación por la ley de Dios y un sobre énfasis en la predicación de la gracia, a expensas de la ley.

   Si no entiendo la ley, no apreciaré la gracia.

   Si desprecio su ley, abarataré su gracia.

   El ignorar su ley convierte la ley de la libertad (Stg. 1:25) en libertinaje.

Esta tendencia es evidente en las iglesias en Latinoamérica. De hecho, está en el ADN del “evangelio de la prosperidad” el predicar las promesas y bendiciones de Dios, sin predicar las demandas de la ley de Dios.

Por qué no predicar la ley

He podido observar que hay tres tipos de personas que se sienten inclinados a predicar solo la gracia sin el debido lugar de la ley:

            a) Personas con un trasfondo de rebeldía, pero criadas en un hogar cristiano donde hubo mucha ley y poca gracia. Al encontrarse con la gracia de Dios, malentienden que la causa de su rebelión fue la ley y no la ausencia de balance.

              b) Personas altamente emocionales, que desean “revolcarse” en la gracia de Dios para sentirse livianos cada vez que sus emociones los llevan a pecar. De esa manera minimizan la gravedad de sus transgresiones y viven sin ningún cargo de conciencia a pesar de su vida de desobediencia.

           c) Personas que no han entendido el rol de la ley de Dios en la vida del creyente. Los reformadores y aun los puritanos entendieron cuán saludable es la presencia de la ley en nuestras vidas como una manera de proveer una cauce para nuestras emociones caídas y el pecado remanente. Las aguas de un río causan mucho daño cuando se salen de su cause, y lo mismo ocurre con nuestras emociones.

El tercer uso de la ley

Los reformadores estuvieron de acuerdo en que la ley tenía diversos propósitos. La ley en primer lugar tiene un “uso civil” para restringir el pecado en la sociedad. Dios reveló su ley natural a través de la revelación general que dio al hombre e inscribió esa ley en nuestros corazones como revela Rom.2).

Un segundo uso sería,  el pedagógico. Esto quiere decir que la ley sirve para poner de manifiesto el pecado y así  acusa a los pecadores, mostrándole cuánto se han apartado de la ley moral, y así hallar el camino para el evangelio.

El tercer uso de la ley tiene su efecto en aquellos que están en Cristo. Aquí la ley nos muestra lo que complace a nuestro Dios y lo que no lo complace. Este último uso es para aquellos que ya han nacido de Nuevo. A los creyentes se nos ha dado una nueva habilidad para guardar la ley que no existía antes de la venida de nuestro Señor y la morada del Espíritu en nosotros. Juan nos enseña de esto en 1 Juan 3:24: “El que guarda sus mandamientos permanece en El y Dios en él. Y en esto sabemos que El permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado”.

En un sentido, esto no es tan diferente a lo que había sucedido en el Antiguo Testamento. Dios redimió a su pueblo de la mano de Egipto (Éx. 19), y luego le da la ley (Éx. 20). Primero gracia y luego ley. Dios no le dio la ley para que si ellos la guardaban serían liberados de Faraón. ¡No! Ellos no podían cumplir la ley perfectamente. Pero si necesitaban alguna motivación para guardar la ley, no sería el que serían salvados de Egipto, sino el agradecimiento por haber sido sacados del cautiverio.

Entonces, no tratamos de obedecer su ley para salvación. Esto nunca ha sido una posibilidad, porque por medio de la ley ningún hombre es justificado (Ro. 3:20). La obediencia a la ley de Dios debe ser una respuesta natural del creyente que ama a su Dios… “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, (Jn. 14:15). El salmista entendió esto perfectamente bien cuando exclamó, “¡Cuánto amo tu ley!” (Sal. 119:97). Y Pablo afirmó el mismo principio al decir, “Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios”, (Ro. 7:22). Ni el salmista en el Antiguo Testamento, ni Pablo en el Nuevo, minimizaron el rol de la ley; antes bien, la amaron. Esta es una manera de honrar la santidad del Dios que dio a su Hijo en una cruz para el perdón de mis pecados y la salvación de mi alma.

La respuesta a esta interrogante no es simple. Algunos textos bíblicos parecen responder afirmativamente pero otros no.

Por ejemplo, Jesús nos advirtió: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lucas 6:26, LBLA). Y sus propios enemigos notaron su indiferencia a lo que otros pensaban: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial, y enseñas el camino de Dios con verdad” (Marcos 12:14, LBLA). Pablo dijo que si tratara de agradar a los hombres ya no sería siervo de Cristo: “Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10, LBLA). “Sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones” (1 Tesalonicenses 2:4, LBLA).

Por otra parte Proverbios 22:1 (LBLA) dice: “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas, y el favor que la plata y el oro”. Y a Pablo le preocupaba ser desacreditado mientras administraba el dinero para los pobres: “Teniendo cuidado de que nadie nos desacredite en esta generosa ofrenda administrada por nosotros; pues nos preocupamos por lo que es honrado, no sólo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres” (2 Corintios 8:20-21, LBLA). Importaba lo que los hombres pensaran. Le enseñó a la iglesia Romana: “Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos…y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación” (Romanos 15:1-2, LBLA). También enseñó que uno de los requisitos del obispo es ser “irreprochable” (1 Timoteo 3:2), incluído entre los no creyentes: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo” (1 Timoteo 3:7, LBLA).

Pedro también pidió que nos preocupara la opinión de los extraños: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1 Pedro 2:12, LBLA).

Pregunta: ¿Cómo se resolverá esta tensión entre estos dos grupos de escrituras?

Respuesta: dándonos cuenta de que el objetivo de la vida es que “Cristo sea exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte” (Filipenses 1:19-20). En otras palabras, de acuerdo con Pablo, si importa – realmente importa – lo que opinen los demás de Cristo. Su salvación depende de lo que piensen de Cristo. Nuestras vidas deben mostrar su verdad y su belleza. Por lo tanto, si nos debe importar lo que piensen los demás de nosotros como representantes de Cristo. El Amor lo demanda.

Obsérvese donde recae el énfasis: no en nuestro valor, excelencia, virtudes, poder o sabiduría. Recae en si Cristo recibe honor por lo que la gente piense de nosotros. ¿Hacemos quedar bien a Cristo por nuestra manera de vivir? Si nos importa si Cristo queda bien.

Nuevamente, nótese una distinción crucial: La prueba de fuego para mostrar fielmente la verdad y belleza de Cristo en nuestras vidas, no es la opinión de los demás. Queremos que vean a Cristo morando dentro de nosotros y que lo amen (y por lo tanto, incidentalmente nos aprueben). Pero sabemos que tal vez estarán cegados y se resistirán a Cristo. Así que la opinión que tienen de Jesús es la misma que tendrán de nosotros. “Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” (Mateo 10:25, LBLA). Jesús quería que la humanidad lo admirara y confiara en él. Pero Jesús no cambio su forma de ser y comportamiento para obtener la aprobación de los demás. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

Sí, queremos que la gente nos vea con aprobación cuando mostramos cuan valioso es Jesús para nosotros. Sin embargo, no debemos permitir que la opinión de los demás mida nuestra fidelidad ya que podrían estar cegados y resistirse a la Verdad. En ese caso, el reproche que soportemos no es un signo de infidelidad o falta de amor.

Que Dios nos de sabiduría, amor y coraje para agradar y no agradar cuando nos aferramos a Cristo nuestro tesoro.

Pastor John

 

Al igual que muchos personajes de distintos ámbitos, en las Escrituras encontramos personas dotadas de todo lo necesario para tener éxito según los parámetros de Dios. Uno de esos personajes bíblicos fue uno cuyo nombre significa requerido, o solicitado. Él entra en la escena bíblica con grandes expectativas en torno a su persona, con todas las herramientas necesarias para ser lo que Dios quería que él fuera, y así satisfacer las necesidades de su nación. Su historia comienza a narrarse en los días donde el pueblo hebreo, ya en la tierra prometida, estaba siendo gobernado temporalmente por jueces hasta que se estableciera el gobierno monárquico que Dios le había prometido (Dt. 17:14-20). Sin embargo, ante la anarquía imperante (Jue. 17: 621: 25) el pecado, la inoperancia de los hijos de Samuel (1 S. 8:1-5), el querer ser como las demás naciones (1 S. 8:5), y las amenazas de los enemigos (1 S. 12:12) motivaron al pueblo a presionar al profeta Samuel para la búsqueda de un Rey. Las Escrituras nos dicen que la persona elegida por Dios para ser ese rey fue Saúl, quien tenía todas las condiciones para desarrollar una gran gestión. Sin embargo, su éxito como rey estaba condicionado a las normas que el mismo Dios había establecido de cómo debían ser los reyes (Dt. 17: 14-20). Según este pasaje, las gestiones de los futuros gobernantes de Israel estaban reguladas por unas estrictas normas de modestia, prudencia, equidad, justicia y honestidad; y así debía de ser el mandato de Saúl, que dicho sea de paso, por ser el primer rey, tenía mayor responsabilidad, por los precedentes que habría de establecer. Saúl tenía todo lo que se necesitaba para ser un buen gobernante: temeroso de Dios, justo, amado por su pueblo, y con el potencial para tener gran éxito. En  1 Samuel 9:1-21 podemos ver por lo menos diez cualidades que se reflejan en su carácter y en lo que Dios estaba dispuesto a hacer con él:

  1. Venía de una familia rica e influyente (v. 1).
  2. Buena apariencia física (v. 2).
  3. Sometido a la autoridad de su padre (v. 3).
  4. Diligente (v. 4).
  5. Prudente (v. 5).
  6. Sabía escuchar (v. 6).
  7. Dadivoso (v. 7).
  8. Escogido por Dios (v. 17-19).
  9. Respaldo inmediato de Dios (v. 20).
  10. Humilde (v. 21).

De este Saúl casi no hablamos. Estamos más acostumbrados a escuchar sobre el otro Saúl cuando ya era una persona rebelde y lejos de Dios. Todas estas características en su vida hacían de Saúl tanto una persona íntegra como un rey muy prometedor. Con todas esas cualidades, vemos un éxito asegurado. Un carácter dócil, diligente, buena familia, y el respaldo de Dios… ¡qué más se podía pedir! No había en Israel un candidato como él. Todo lo que se podía pedir de un gobernante, Saúl lo poseía. ¡No podía fallar! El profeta Samuel lo ungió como rey, y esto es lo que dice la palabra de Dios de ese momento:

Tomó entonces Samuel la redoma (frasco) de aceite, la derramó sobre la cabeza de Saúl, lo besó y le dijo: ¿No te ha ungido el Señor por príncipe sobre su heredad?... Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre.  Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo.  (1 Samuel 10:167)

En estos textos vemos algunas características que sobresalen en un Saúl ya ungido como rey, en adición a las que ya poseía. No había duda alguna de que el éxito de Saúl como rey estaba sellado. Después de ser ungido por Samuel, el respaldo de Dios es reiterado en él, y como consecuencia de esto vemos cómo sería la ejecución de Saúl. ¿No era esta una maravillosa oportunidad para Saúl? En muy pocas personas (incluso de renombre) en las Escrituras se observan tantas cualidades juntas:

  1. Fue consagrado por Samuel para ser rey (v. 1)
  2. El Espíritu del Señor estaría sobre él con gran poder (v. 6)
  3. Hablaría en el nombre del Señor (v.6)
  4. Libertad para accionar. (v. 7)
  5. Dios estaría con él (v. 7)

En el campo político, deportivo, artístico o ministerial, la realidad de Saúl se ha repetido muchas veces. Hemos sido testigos de políticos que han llegado al poder por un respaldo masivo de votantes, para después tener una gestión patética. Los titulares de las páginas deportivas de los diarios nos han traído reportajes de las grandes hazañas de ciertos atletas que hoy en día están pasando por procesos judiciales, despojados de sus trofeos y de sus hazañas, sumergidos en las neblinas de la vergüenza. Todos recordamos las voces encantadoras de artistas que tuvieron de rodillas a París con sus encantos, y el mundo de las drogas y de los excesos como arena movediza les ahogaron, apagando sus voces y las luces de su escenario. Más doloroso es esta realidad cuando se da en el orden ministerial. Hemos visto cómo algunos hombres han sido instrumentos de Dios y nos han edificados desde sus púlpitos, para después ser protagonistas de penosos escándalos que avergüenzan el nombre de Cristo y presentan una mala imagen de la iglesia que Él limpió con su sangre. Al igual que Saúl, muchos comienzan bien, pero terminan mal. ¿Por qué es esto así? Porque comenzar bien no es suficiente. ¿Dónde está el fallo? ¿Por qué lo que comienza bien no necesariamente termina bien? La vida de Saúl responde estas interrogantes. De hecho, cuando examinamos la historia bíblica y la historia secular, nos podemos dar cuenta que hay comunes denominadores entre Saúl y la de muchos actores de eventos del pasado y del presente. ¿Qué pasó con Saúl? ¿Cómo pudo llegar a degenerar en la manera que registran las Escrituras? ¿Cómo podemos evitar repetir su triste historia en nuestras vidas y ministerios? La ruina espiritual de una persona no es algo abrupto. No es algo que se da de forma repentina, sino más bien es un proceso. La vida de Saúl así lo indica. Comenzó a gobernar a los treinta años (1 Samuel 13:1)[1], y ya establecido como rey, Saúl comienza a dar evidencias de ser una persona distinta a la que había sido ungida. Comenzó a confiar en sus propias capacidades más que en Dios que se las había dado. Veamos brevemente el proceso de su decadencia:

Impaciencia. (1 Samuel 13: 8-15)

Su orgullo y confianza en sí mismo lo llevó a ser impaciente. Samuel le había dicho que esperara por él. Saúl, no sometido a las indicaciones del profeta y (según él) presionado por las circunstancias y el pueblo (1 S. 13: 5-7), usurpa las funciones sacerdotales de ofrecer sacrificios (Nm. 3: 10). De esta manera, Saúl no pasa lo que pudiera parecer una prueba de Samuel de tardar intencionalmente para verificar su carácter, y termina pecando contra Jehová. Esto mismo sucedió con el pueblo hebreo cuando Moisés estuvo hablando con Dios. Ellos interpretaron que tardaba demasiado, desobedecieron en contubernio con Aarón, y terminaron haciendo y adorando un becerro de oro (Éx. 32). A pesar de haber pecado, Saúl no da muestra de arrepentimiento, y con esta acción da el primer paso para dañar su relación con Dios, que nunca volvería a ser la misma a partir de ese momento. Los capítulos siguientes a los eventos del capítulo trece no son menos dramáticos e ilustrativos de la decadencia de Saúl:

Desobediencia (1 Samuel 15).

Desobedeció flagrantemente contra Dios en la confrontación contra los amalecitas. Algunos eruditos piensan que Saúl tal vez pudo haber preservado la vida del rey de Amalec para presentarlo como botín de guerra, y así buscar popularidad y reconocimiento del pueblo en vez de buscar honrar a Dios.

 Autosuficiencia (1 Samuel 17:1124)

Confianza en él mismo en vez confiar en Dios. Los desafíos de Goliat llenaron de miedo a Saúl y a todo Israel. Se llenó de miedo porque creía que era en él que estaba la victoria. Olvidó que podía hacer lo que quisiera siempre que fuera guiado por el Señor (1 Samuel 10: 6-7).

 Envidia (1 Samuel 18:6-9)

Dios desechó a Saúl por su desobediencia, que acarreó a su vez otros pecados. Dios entonces escoge a David (1 S. 16:1-13), quien derrota a Goliat (1 S. 17: 48-51). Saúl al ver el recibimiento que le hicieron a David por todo Israel se llenó de celo y envidia. A partir de ese momento comenzó un repudió que terminó en odio y en reiterados intentos por matar a David, quien ya era el verdadero ungido de Jehová (1 S. 19). Cuando vemos el desarrollo de la vida de Saúl entonces confirmamos que todo aquello que le fue puesto en sus manos no lo supo retener y terminó su gestión de una manera muy diferente a cómo comenzó. 1 Samuel 31 nos dice cómo terminaron los días de Saúl: aquel dotado de todo lo que se necesitaba para tener una gran gestión como rey de Israel y siervo del Altísimo a la vez, ahora muere junto con sus hijos y rodeados de los mismos temores que le acompañaron siempre, por confiar en él en vez de Jehová que lo llamó. Comenzar bien no es suficiente. Debemos cuidar en el transcurso de nuestros ministerios lo que Dios quiere de nosotros. Debemos cuidar lo que se nos ha entregado porque no es nuestro, y al no ser nuestro, tenemos que rendir cuenta por eso. Pienso que aunque los seres humanos somos muy complejos, y a veces actuamos de maneras inexplicables, servir al Señor y ser fieles a Él está claramente plasmado en su Escritura. Saúl escogió el camino de la desobediencia, la soledad, y la confianza en sí mismo. Comenzó bien pero terminó mal. Todos nosotros tenemos a nuestro alcance prevenir las acciones de Saúl. En lo particular he pecado en mis años de ministerio, pero Dios en su gracia ha tenido misericordia de mí y por eso estoy de pie. Dios ha puestos hombres a nuestros alrededor para que nos amonesten en amor. Al igual que Saúl, tenemos nuestros propios Samueles para que le rindamos cuenta, y aunque hayamos comenzado mal (como es mi caso) podamos terminar bien.  Las palabras de nuestro Dios por medio del profeta Samuel todavía tienen vigencia. Han surcado con su eco el tiempo y el espacio para recordarnos lo que Saúl olvidó:

Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre. Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo.  (1 Samuel 10: 67)

En su libro “Speaking God´s Words: A Practical Theology of Preaching” el ministro australiano Peter Adam sugiere que la predicación descansa sobre tres bases teológicas. Como un taburete de tres patas, las necesitamos las tres - el quitar solo una de ellas nos privará de una base estable sobre la que asentar la predicación. Los tres pilares doctrinales mencionados por Adam son 1) “Dios ha hablado”, 2) “Escrito está” y 3) “Predica la palabra”; o sea, tienen que ver con las doctrinas de la revelación, la inspiración y la predicación.

La primera de las patas mencionadas por Adam quizás no nos parezca necesario tratarla. Todo creyente cristiano creerá que Dios ha hablado. Pero la realidad es que hay  crecientes dudas en torno a la certeza y la claridad con la que podemos entender lo que Dios nos ha querido transmitir. Para mí ha sido muy útil ver cómo estas dudas se relacionan con nuestra idea de Dios. Típicamente se presentan estas cuestiones como dudas acerca de la capacidad humana de saber con certeza. Pero el creyente cristiano que acepte el retrato que la Biblia nos da acerca de Dios tiene una base firme sobre la que apoyarse. Es verdad que ningún ser humano puede escaparse de su propia perspectiva, y ésta es limitada e imperfecta. Pero la información que tenemos acerca de Dios no surge de un proyecto humano de acercamiento y estudio de Dios.

Al contrario, nos llega por revelación divina de parte del Dios que sabe comunicarse perfectamente. Dios nos ha creado a su imagen, lo que incluye la capacidad de comunicarnos y de entendernos y, especialmente, de entender lo que Él nos quiere transmitir. Además, es enormemente alentador pensar que el mismo Espíritu de Dios que supervisó todo el proceso de la escritura de la Biblia también está con nosotros para ayudarnos a entender lo que quiso decir entonces y lo que nos quiere decir hoy a través de estos escritos. Con esto damos un paso más allá del capítulo de Adam - Dios ha hablado pero también Dios habla. ¿Cómo evaluamos la capacidad de expresarse de Dios? ¿Nos parece que tiene dificultades para expresarse bien?

¿Tenemos serias dudas de que pueda conseguir que captemos lo que nos quiso transmitir? En cuanto a la segunda pata, de nuevo Peter Adam desarrolla con cuidado un punto muy básico, pero que muchas veces es pasado por alto. Dios se reveló en el pasado, pero también dio orden de que esa revelación fuera escrita para que sirviera para las generaciones posteriores. Por esto la Escritura, desde el comienzo, tuvo dos audiencias - la contemporánea de aquel entonces y la futura desde la perspectiva del autor. Dios se reveló a Moisés y a los israelitas en el Monte Sinaí, pero a la vez mandó que sus palabras fueran escritas para el futuro. Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel (Ex. 34:27).

Hay muchos aspectos misteriosos del proceso exacto por el cual Dios transmitió a los autores bíblicos su revelación. Asimismo hay mucha información que nos gustaría tener sobre el proceso por el cual muchos de estos libros llegaron a tener su forma final. Pero lo que sí queda claro es que los escritos posteriores conceden plena autoridad a los que los precedieron. Los escritores del Nuevo Testamento demuestran una plena convicción de que Dios había hablado (y hablaba) por los textos del Antiguo Testamento.

Hace ya un siglo que B. B. Warfield hizo sus estudios cuidadosos de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo. En un artículo agrupaba estos textos según la fórmula que los introducía. En un primer grupo estaban textos como estos: “La Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gá. 3.8), y “La Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder….” (Ro.  9:17). En ambos casos - tanto en los tiempos de Abraham como de Faraón - la Escritura todavía no existía. SegúnGénesis 12:3 y Éxodo 9:16 fue Dios quien dijo estas cosas. Por lo que para los escritores neotestamentarios lo que “la Escritura dice” es lo que Dios dice. Caso inverso se da en otros pasajes como Hechos 4:24-25: “Tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes…”.

Aquí tanto para los apóstoles como para el autor Lucas “lo que Dios dice” es lo que dice la Escritura, en este caso el Salmo 2. Con esta visión de las Escrituras la tarea del predicador se aclara. El contenido de la predicación debe ser el contenido de la Biblia. El predicador debe decir lo que la Biblia dice porque la Biblia dice lo que Dios dice. El tener esta convicción clara concede autoridad a la predicación. Ya nos hemos adentrado en el área de la predicación en sí, la tercera pata del taburete.

¿Se puede prescindir de la predicación? La respuesta que demos a esta pregunta dependerá de lo que pensemos en relación a otra: ¿de quién fue la idea de la predicación? ¿De la iglesia medieval? ¿De la iglesia primitiva, que al no tener otros medios tuvo que contentarse con este método de llegar a la sociedad? Peter Adam contiende que no - que la idea de la predicación es de Dios. Moisés fue el primer gran predicador en la historia del pueblo de Dios, y fue llamado y comisionado por Dios para transmitir el mensaje de  Dios a su pueblo. Después de Moisés vendrían otros profetas - como ya fue predicho por Dios (Dt. 18:15-22). Luego vendrían Juan el Bautista y el Señor Jesús mismo, cuyo ministerio principal antes de su obra expiatoria en la cruz es descrito así por los evangelistas: “Jesús vino a Galilea predicando…” (Mr. 1:14), “Jesús iba por todas las ciudades y aldeas predicando y anunciando el evangelio” (Lc. 8:1). Cristo estableció sus apóstoles “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mr. 3:13). Les quedó clara su misión central, como vemos en el suceso narrado en Hechos 6. Y estos apóstoles a su vez formaron a otros como Timoteo, a quien Pablo transmite la comisión “Predica la palabra” (2 Ti. 4:2).

La predicación no solo es necesaria, sino que ha sido comisionada por Dios. Si Dios ha hablado y fue Él que mandó escribir su revelación con la intención que desde el principio sirviera de base para un ministerio continuo de predicación, entonces tenemos una base firme para entregarnos a esta tarea. Si nos encontramos dudando de la necesidad o conveniencia del ministerio de la predicación, nos puede ser útil preguntarnos, ¿de qué pata cojeamos?

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“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”  (1Pedro 4:11).






En cierto modo, todos los dones que Dios reparte a los cristianos pertenecen a una de estas dos categorías funcionales: o tienen que ver con nuestro hablar o tienen que ver con nuestro servicio.

En cuanto a la primera de estas dos categorías, es muy probable que Pedro no se esté limitando únicamente a la predicación o la enseñanza pública en la iglesia, sino que es probable que se refiera también a todos aquellos dones que se ejercen a través de nuestras palabras.

En tal caso abarcaría, sin duda alguna y de manera primaria, los dones de la predicación y la enseñanza, pero se extendería también a la consolación, la exhortación y la amonestación aún en conversaciones privadas.

Muchos creyentes poseen una habilidad especial para aconsejar; otros para consolar al afligido; otros para exhortar a los que están dando muestras de cansancio y desaliento; y otros para amonestar, en amor pero con firmeza, a los que están manifestando en alguna área una conducta que no es conforme a nuestra profesión de fe.

El punto que Pedro está enfatizando aquí es que, en el ejercicio de cualquiera de estos dones, los creyentes deben estar conscientes de que lo que están traspasando es el mensaje de Dios para esa ocasión.

En otras palabras, que ya sea predicando y enseñando, o ya sea aconsejando, consolando, exhortando o amonestando, que no sea nuestra propia opinión la que traspasemos al hermano en necesidad, sino la opinión de Dios revelada en las Sagradas Escrituras.

La Biblia es la Palabra inspirada de Dios; ante toda opinión humana que sea contraria a lo que la Biblia dice, debemos decir como el apóstol Pablo en Rom. 3:4: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”.

Todo consejo, todo consuelo, toda exhortación, toda amonestación debe estar enmarcada en los principios que Dios nos ha revelado en Su Palabra. Cuando traspasamos ese lindero nuestras palabras no serán un vehículo de bendición, sino de maldición.

Es por eso que todo creyente, cada uno conforme a su capacidad, debe esforzarse por tener una comprensión cada vez más adecuada de la verdad de Dios revelada en Su Palabra, porque es allí donde se encuentra la verdadera sabiduría.

Fuera de ese marco conceptual solo hay falsedad, error y destrucción, porque las ideas tienen consecuencias. “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios”.


© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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El hecho de que la salvación sea segura para el que realmente la tiene de ningún modo debe llevar al creyente al descuido y la pereza, porque el pecado todavía mora en nosotros; y no como una bomba desactivada o un volcán extinguido. Como hemos dicho muchas veces, el pecado ha dejado de ser nuestro rey, pero sigue siendo nuestro enemigo, y su meta es llevarnos a lo peor; esa es la lección del apóstol Pablo en Romanos 6, así como en 7:14-25, por sólo citar algunos.

Octavio Winslow dice al respecto que en todos nosotros hay una tendencia “secreta, perpetua y alarmante de alejarnos de Dios”. Y si esa tendencia no es vigilada y mantenida a raya, puede apartarnos sutilmente de nuestra comunión íntima con Él y causar serios daños a nuestra vida espiritual. “Tal desvío – sigue diciendo Winslow – devora al alma de su vigor, de su fuerza, de su energía espiritual; e incapacita al creyente, por un lado, para servir, amar, obedecer y deleitarse en Dios; y por otro lado, para resistir las tentaciones de la carne, el mundo y Satanás”.

Noten que aquí no estamos hablando de un pecado en particular. Nos referimos, más bien, a un estado de deterioro en el que las gracias que Cristo ha implantado en nosotros, tales como la fe, el amor, el gozo, la esperanza, la mansedumbre, se encuentran en franco decaimiento; es un estado en el que nuestra comunión con Dios ha descendido a su mínima expresión.

Y lo terrible de esta condición es que comienza de una manera sutil, secreta, imperceptible para las personas que nos rodean, y a veces hasta para nosotros mismos. En lo que respecta a la conducta externa, éste creyente no se distingue de los demás hermanos de la Iglesia. Pero su alma se encuentra en un franco y abierto deterioro espiritual. No hay vigor en su fe, no hay incremento en su amor, no experimenta el gozo de saberse perdonado y de pertenecer a Cristo, ni el gozo de la obediencia; no vive amparado en la esperanza, no manifiesta humildad y mansedumbre; y su comunión con Dios es rígida, externa, ritualista.

Y nos preguntamos, ¿cómo es posible que un verdadero creyente caiga en un estado espiritual tan penoso? Antes de responder esta pregunta, permítanme corregir un concepto equivocado que muchos tienen al evaluar el estado de su vida espiritual. Algunos creyentes se dan cuenta que algo no anda bien en su vida cristiana, que su piedad y su relación con Dios han decaído, lo mismo que su servicio en el reino. Pero al querer encontrar la causa de su deterioro caen en lo que podemos llamar el síndrome adámico. ¿Qué hizo Adán cuando Dios lo confrontó con su pecado? Le echó la culpa a su mujer. Y ¿qué hizo la mujer? Echarle la culpa a Satanás. Todos son culpables de mi desgracia, menos yo.

Sin embargo, según la evaluación divina en Génesis 3, cada uno fue responsable de su pecado y cada uno recibió la consecuencia de sus actos. Querido hermano, querida hermana, ninguna causa externa a ti puede ser responsable de tu decadencia espiritual. Ese mal comenzó en tu corazón y se desarrolló en tu corazón (comp. Mt. 15:17-20).

Si quieres encontrar a quien echarle la culpa de tu condición seguramente lo vas a encontrar, pero no vas a solucionar tu problema. Puede que al principio te haga sentir mejor contigo mismo, pero la fuente de tu decadencia seguirá produciendo productos tóxicos que no te permitirán salir del estado en que estás.

Y, por supuesto, cuando achacamos la culpa de nuestro mal a una causa equivocada, inevitablemente vamos a llegar a una solución equivocada. Es por eso que muchas personas cifran la esperanza de su mejoría en un cambio de circunstancia: “Un cambio de aire me vendrá bien; tal vez si cambio de amistades, o de iglesia, o de trabajo, incluso de país, puede que mi situación mejore”.

Pero si entendemos que el mal radica en nuestro propio corazón, entonces podremos aplicar la medicina apropiada en el lugar apropiado. ¿Cuál es, entonces, la verdadera causa de la decadencia espiritual? Hablaré un poco acerca de esto en la próxima entrada, si el Señor lo permite.


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¿Qué verdad puede enseñarnos un tubo de ensayo?

Jesús dijo que la semilla del Evangelio no crece bien en terreno espinoso, puesto que ese tipo de hierba ahoga a la buena planta que está naciendo y buscando aire para respirar (Mateo 13:7). Arrancar las malas hierbas antes de plantar las buenas semillas es parte del desafío que plantea trabajar con un sector de nuestra sociedad en el que se ha sembrado el ateísmo y un falso concepto en el que ciencia y fe se oponen. RTM ha desarrollado una herramienta para ayudar a desmalezar los corazones de tantas personas enredadas con la cizaña del enemigo. La propuesta se llama “La verdad en el tubo de ensayo.” En este programa astronautas, médicos y científicos cristianos explican por qué creen en Dios y por qué la Biblia es digna de crédito. Dios ha usado “La verdad en el tubo de ensayo” en ruso, mandarín, albanés y otras culturas para desafiar cosmovisiones en las que Dios ha quedado fuera.

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