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En los Estados Unidos de América el «efecto del Walmart»[1] o las grandes empresas multinacionales, se conoce en los pueblos pequeños. ¡En América Latina ya lo conocemos tambien! “Donde llega Walmart (las grandes transnacionales), quiebran los negocios pequeños.” Igualmente ha sucedido con las iglesias pequeñas que han sido absorbidas, como negocios familiares forzados a cerrar. Las megaiglesias ofrecen mejores productos: amplio estacionamiento, buena música, excelente sonido, mayor variedad de ministerios, y personalidades con mensajes de fácil aplicación, mientras que las viejas denominaciones no solo luchan por sobrevivir, sino también por convencer a sus adeptos de mantenerse fieles a su “doctrina tribal”, pero su estructura heredada ya no responde a los retos del mundo como lo hacía algunas décadas atrás.

¡No debe prevalecer el pánico! Uno de los modelos mundiales de megaiglesias está hoy en decadencia y buscando reinventarse. Bill Hybels, pastor de la famosa iglesia norteamericana de Willow Creek, llegó a admitir en una importante conferencia que «hemos gastado millones de dólares pensando si ayudarían realmente a nuestra gente». ¡La cosa no funcionó!

¿Cuáles son los errores incurridos en las Mega-Iglesias en Latinoamérica?

Pero hay más errores que han sucedido en las megaiglesias de América Latina, y las quiero numerar. Permítanme, pues, mencionar algunas de las principales razones de la decadencia del modelo de megaiglesia, para que las nuestras pongan sus barbas en remojo.

  1. Primero: Atracción de ya convertidos en lugar de conversiones. En América Latina el énfasis en los buscadores sensibles perdió su enfoque con el tiempo, pues empezaron a atraer a más convertidos heridos y decepcionados de otras iglesias. Perdieron tal enfoque cuando dejaron de inculcar entre sus miembros el modelo de un evangelismo por atracción (invitar gente a la iglesia). Pues al invitarles, nadie les mostraba interés, no se les hacía un seguimiento, ni se hacían cargo de sus necesidades pastorales. Con el tiempo la cantidad de visitantes mermó, y la congregación se tornó más exclusiva que inclusiva.
  2. Segundo: el cuidado pastoral se convirtió en algo escaso. Algunas megaiglesias no desarrollaron un ministerio enfocado en grupos pequeños. ¿Cómo se puede atender las necesidades pastorales de miles de personas? Al menos en grupos pequeños se puede brindar cuidado. Sin embargo, al prestarse más atención a las actividades masivas que a los grupos pequeños, estas iglesias empezaron a declinar más rápidamente. Se les olvidó que una iglesia grande crece siendo pequeña. Mientras me pregunto: ¿quién cerrará la puerta trasera? Otras iglesias han adaptado modelos abusivos como los modelos de los 12, G12, G8, o el de la visiónPiden total lealtad, compromiso y entrega, y se llega a sacrificar a la familia, el empleo, y la salud de las personas. En algunas de estas iglesias se solicita que todo aquel y toda aquella que sea parte del proceso, firme un «contrato de la corporación celestial», donde la persona se somete a una total obediencia al pastor-apóstol mediante una alianza espiritual. ¡Y qué hay de Cristo?Abusos espirituales y de poder se cometen con estos modelos, todo por el crecimiento de la iglesia, pero no del Reino.
  3. Tercero: se contrata a los pastores para que se hagan cargo de los programas y no para brindar cuidado a personas. ¡Terrible error! La iglesia se trata de gente, no de unos programas. Por un lado, hay que tener claro que el pastorado es un don espiritual no un título: los pastores brindan cuidado pastoral. Por otro lado, los voluntarios recargados de trabajo sufrían agotamiento. No tenían un pastor que les mostrara cuidado, ni responsabilidad. Debían esperar cita de hasta dos meses para reunirse con alguno de sus pastores. Por último, los pastores generales ( e., celebridades, pastores carismáticos, ceos, [chief executive officers, ‘directores ejecutivos’]) encontraron que la gente los seguía a ellos, pero no a Cristo. ¿Quién predica este domingo? Al mermar la aparición de personalidades que manejaban el espectáculo, disminuyó la asistencia a los cultos.
  4. Cuarto: los largos mensajes o conferencias (pues no se usa más la palabra sermón) han sido el plato fuerte de las megaiglesias, y pronto empezaron a encontrar sus limitaciones. Tales mensajes son de corte sicologista ―se basan en la sicología popular en lugar de las Escrituras― y llegan a sacrificar el texto bíblico. Es decir, tales conferenciantes pasaban más tiempo leyendo libros de sicología popular que practicando una buena exégesis del texto bíblico. Este énfasis llegó a impactar con el tiempo en la pobre capacitación bíblica de sus miembros. Incluso en algunas de las megaiglesias la lectura bíblica desapareció de su liturgia o servicio. La gente llegó a saber más de pobre sicología aplicada que de principios bíblicos para su vida cristiana. La enseñanza bíblica es pobrísima.
  5. Quinto: su amplio real state (el mantenimiento o costo de sus propiedades) llegó a matarlas financieramente. Algunas de estas megaiglesias, al no requerir a sus miembros, provocaron que muchos de ellos nunca se comprometieran con sus diezmos y ofrendas. Tal vez el 20 % de los asistentes servían en ministerios y sostenían las finanzas de la iglesia. Los demás parecían ser visitantes recurrentes sin ningún compromiso. Eran como nómadas que cada domingo rotaban de megaiglesia en megaiglesia. Nuevos creyentes: ¿quién se comprometería en una iglesia donde a nadie le importa si yo existo? Los grandes edificios e instalaciones se convirtieron en algo difícil de mantener. ¡Cayeron en un círculo vicioso! No se pueden contratar más pastores para atender a los no atendidos (el 80 % de los asistentes) pues las instalaciones, y los altos salarios de las celebridades y otro personal se tragaban lo que el 20 % de sus asistentes donaban. Eso motivó a que la iglesia empezara a ser administrada como una empresa en vez de ser un instrumento para el Reino. Cada vez la estructura empezó a perpetuarse en sí misma, y a darse menos enfoque misional como en el evangelismo y el discipulado.
  6. Sexto: Al carecer la megaiglesia de una doctrina protestante (histórica) particular, todos eran bienvenidos a creer lo que quisieran creer. Por tanto, nadie sabía en qué se creía, ni en qué se debía creer, y, entre estos, los mismos pastores. Esto se agudizaba en aquellas iglesias donde sus pastores carecían de una formación teológica sólida, que son la mayoría. Y al atraer estas iglesias a personas de otras iglesias, se empezaron a generar diferencias que impidieron mantener la tolerancia. Se convirtió en imperativo consolidar una doctrina, y aquellas iglesias que lo hicieron debieron decir  a ciertos criterios y no a otros. Al producirse esta consolidación doctrinal sus miembros disminuyeron por diferencias irreconciliablesLa razón de todo esto es que la sicología popular es el plato más sencillo de preparar en sus predicaciones.
  7. Séptimo: El mercadeo se convirtió en la herramienta más importante para diseñar su modelo. Al preguntarle a la gente de clase media sobre el tipo de iglesia, programas y actividades que desearían, se generó la megaiglesia. De esta manera vale la pena aseverar que la megaiglesia es producto delmarketing, nunca de la misión de Dios. La iglesia respondió a las inquietudes del mercado, y con tal de satisfacer ese mercado sacrificó la identidad transformadora del Evangelio. ¿Qué hay de la misión de Dios? La iglesia es la agente del Reino en el mundo, no el teatro de doctrinas escogidas para no ofender a nadie. Al valorarse las expectativas de los buscadores por encima de la ética bíblica, la comunidad se convierte en una masa estadio de individuos que demandan un buen espectáculo religioso, pero sin el más mínimo interés de crecer y servir en un mundo quebrantado que necesita de Cristo (pues así fue como aprendieron el significado de la vida cristiana).
  8. Octavo: Decisiones tomadas por una pequeña cúpula de poder. A los pastores generales de las megaiglesias les gusta hablar de trabajo en equipo. Sin embargo, cuando el pastor y su esposa son los pastores generales, las decisiones se toman en la alcoba y no con los otros pastores. Aún peor, sus equipos lo componen sus clones. Líderes que ellos mismos han domesticado, y que fueron contratados por confianza y no por su currículum y capacidad profesional. Ninguno de estos líderes contratados tiene el valor de contradecir al pastor general, pues es un equipo jerárquico, y no democrático. ¿Es eso trabajo en equipo? ¿Quién contrata y despide a los pastores en las megaiglesias? El trabajo en equipo requiere de una organización plana, nunca jerárquica.
  9. Noveno: Poco énfasis en misiones transculturales. A pesar de ser iglesias con cierta pasión por afectar a la sociedad con el Evangelio, su apoyo a las misiones o ministerios transculturales es mínimo. Su enfoque no está allá, sino aquí. Toda la energía está enfocada en el espectáculo del domingo. El presupuesto habla por sí solo. Es increíble notar el presupuesto operativo de estas iglesias, en comparación con el presupuesto que brindan a los misioneros, y a los programas sociales. El hecho de estar gorditos no significa que estemos sanos.
  10. El décimo y último aspecto es ese fuerte énfasis teológico en la prosperidad en algunas de las megaiglesias, sobre todo de cortes neopentecostales. ¡La teología eje de estas iglesias es la prosperidad! Si uno prospera es señal de su fidelidad hacia Dios y de que ha recibido su bendición. Prometen a todos poder prosperar si siembran con fe. Sin embargo, es interesante que algunas de estas iglesias explican (no muy abiertamente) que los que reciben tal promesa de prosperidad necesitan de ciertos requisitos espirituales y morales cercanos a la descripción éticoespiritual de San Francisco de Asís. En otras palabras, yo puedo sembrar todo lo que pueda, pero si no prospero es por algún pecadillo que he cometido en mi vida (pecado aun de omisión que la misma persona pueda ignorar). ¡La cosa es que no hay forma de perder ni ganar en este negocio de argumentos en cuanto a la siembra y la cosecha!

Conclusión.

Aunque hay algunas cosas positivas que se podrían señalar de las mega iglesias, el peligro es grande a menos que se corrijan estos puntos. ¿Están sus pastores dispuestos a escuchar y querer corregir estas deficiencias para fortalecer su iglesia al servicio del Reino?

Articulo adaptado de: Osías Segura Guzmán, Riquezas, templos, apóstoles y superapóstoles: Respondiendo desde una mayordomía cristiana(Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2012), 229-234.

 

La Ley y La Gracia

Septiembre 25, 2017

Con cierta frecuencia, el pueblo de Dios encuentra una gran dificultad en mantener el balance entre verdades bíblicas que nosotros colocamos en polos opuestos, pero que Dios coloca una al lado de la otra. Recientemente leí un artículo donde el autor hacía una comparación entre tres posibles (y únicos) enfoques a la hora de enseñar: la predicación de la gracia del evangelio, el libertinaje, y el legalismo. Si lo presentamos de esa manera, el único tipo de predicación que tiene sentido bíblico es la predicación de la gracia del evangelio. El problema está en que el libertinaje es una distorsión del uso de la ley, como también lo es el legalismo. Ahora bien, la gracia solo representa uno de los atributos de Dios, y por tanto la predicación exclusiva de la gracia nos da una idea incompleta y desbalanceada del carácter de Dios.

Estoy convencido de que hay otro camino. El argumento que vengo sosteniendo es que el creyente necesita conocer el carácter de Dios como está revelado por Él mismo en su Palabra. Esto requerirá una dosis de predicación tanto de la ley como de la gracia. La ley de Dios representa Su carácter santo, y no hay manera de que la predicación del carácter santo de Dios pueda pasar desapercibida sin que la vida del creyente sufra significativamente. Por otro lado, la gracia es otra expresión de Su carácter, que alcanzó su mayor expresión en la cruz. Pero lo que demandó la cruz fue la santidad del carácter de Dios. Sin esa santidad, la cruz no hubiese sido necesaria. Leamos cómo lo expresó Pablo en esta porción de la carta a los Romanos (3:23-26):

“Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús”.

Dios Padre llevó al Hijo a la cruz para no dejar su justicia incumplida y su santidad sin vindicar. La cruz no es solo una expresión de su gracia: es también una expresión de su justicia. Cuando Cristo fue clavado en aquel madero, su gracia puso en despliegue su amor incondicional por los pecadores, y su justicia proclamó el compromiso de Dios consigo mismo de mantener en alto su santidad.

Aun con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, después de Génesis 3 y de este lado de la eternidad, necesitamos un recordatorio continuo de aquello que complace o no a nuestro Dios y esto lo hace la ley de Dios (ver los tres usos de la ley de Dios mas abajo).

Por otro lado, la gracia me ayuda a no sentirme aplastado por el peso de la santidad de Dios cuando peco, sobre todo después de haber creído y después de tener la iluminación de su Espíritu. De manera que yo necesito una dosis importante de gracia para caminar saludablemente; pero necesito una dosis igualmente importante de la ley para caminar santamente.

Predicando la ley

Como decíamos al principio, el pueblo de Dios tiende a mover el péndulo hacia un lado o hacia el otro, y raramente lo deja en el medio. Si bien en años pasados el legalismo fue ampliamente confundido con santidad de vida (“no hagas”, “no digas”, “no toques”, “no veas”), hoy en día lo que vemos es una despreocupación por la ley de Dios y un sobre énfasis en la predicación de la gracia, a expensas de la ley.

   Si no entiendo la ley, no apreciaré la gracia.

   Si desprecio su ley, abarataré su gracia.

   El ignorar su ley convierte la ley de la libertad (Stg. 1:25) en libertinaje.

Esta tendencia es evidente en las iglesias en Latinoamérica. De hecho, está en el ADN del “evangelio de la prosperidad” el predicar las promesas y bendiciones de Dios, sin predicar las demandas de la ley de Dios.

Por qué no predicar la ley

He podido observar que hay tres tipos de personas que se sienten inclinados a predicar solo la gracia sin el debido lugar de la ley:

            a) Personas con un trasfondo de rebeldía, pero criadas en un hogar cristiano donde hubo mucha ley y poca gracia. Al encontrarse con la gracia de Dios, malentienden que la causa de su rebelión fue la ley y no la ausencia de balance.

              b) Personas altamente emocionales, que desean “revolcarse” en la gracia de Dios para sentirse livianos cada vez que sus emociones los llevan a pecar. De esa manera minimizan la gravedad de sus transgresiones y viven sin ningún cargo de conciencia a pesar de su vida de desobediencia.

           c) Personas que no han entendido el rol de la ley de Dios en la vida del creyente. Los reformadores y aun los puritanos entendieron cuán saludable es la presencia de la ley en nuestras vidas como una manera de proveer una cauce para nuestras emociones caídas y el pecado remanente. Las aguas de un río causan mucho daño cuando se salen de su cause, y lo mismo ocurre con nuestras emociones.

El tercer uso de la ley

Los reformadores estuvieron de acuerdo en que la ley tenía diversos propósitos. La ley en primer lugar tiene un “uso civil” para restringir el pecado en la sociedad. Dios reveló su ley natural a través de la revelación general que dio al hombre e inscribió esa ley en nuestros corazones como revela Rom.2).

Un segundo uso sería,  el pedagógico. Esto quiere decir que la ley sirve para poner de manifiesto el pecado y así  acusa a los pecadores, mostrándole cuánto se han apartado de la ley moral, y así hallar el camino para el evangelio.

El tercer uso de la ley tiene su efecto en aquellos que están en Cristo. Aquí la ley nos muestra lo que complace a nuestro Dios y lo que no lo complace. Este último uso es para aquellos que ya han nacido de Nuevo. A los creyentes se nos ha dado una nueva habilidad para guardar la ley que no existía antes de la venida de nuestro Señor y la morada del Espíritu en nosotros. Juan nos enseña de esto en 1 Juan 3:24: “El que guarda sus mandamientos permanece en El y Dios en él. Y en esto sabemos que El permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado”.

En un sentido, esto no es tan diferente a lo que había sucedido en el Antiguo Testamento. Dios redimió a su pueblo de la mano de Egipto (Éx. 19), y luego le da la ley (Éx. 20). Primero gracia y luego ley. Dios no le dio la ley para que si ellos la guardaban serían liberados de Faraón. ¡No! Ellos no podían cumplir la ley perfectamente. Pero si necesitaban alguna motivación para guardar la ley, no sería el que serían salvados de Egipto, sino el agradecimiento por haber sido sacados del cautiverio.

Entonces, no tratamos de obedecer su ley para salvación. Esto nunca ha sido una posibilidad, porque por medio de la ley ningún hombre es justificado (Ro. 3:20). La obediencia a la ley de Dios debe ser una respuesta natural del creyente que ama a su Dios… “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, (Jn. 14:15). El salmista entendió esto perfectamente bien cuando exclamó, “¡Cuánto amo tu ley!” (Sal. 119:97). Y Pablo afirmó el mismo principio al decir, “Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios”, (Ro. 7:22). Ni el salmista en el Antiguo Testamento, ni Pablo en el Nuevo, minimizaron el rol de la ley; antes bien, la amaron. Esta es una manera de honrar la santidad del Dios que dio a su Hijo en una cruz para el perdón de mis pecados y la salvación de mi alma.

La respuesta a esta interrogante no es simple. Algunos textos bíblicos parecen responder afirmativamente pero otros no.

Por ejemplo, Jesús nos advirtió: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lucas 6:26, LBLA). Y sus propios enemigos notaron su indiferencia a lo que otros pensaban: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial, y enseñas el camino de Dios con verdad” (Marcos 12:14, LBLA). Pablo dijo que si tratara de agradar a los hombres ya no sería siervo de Cristo: “Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10, LBLA). “Sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones” (1 Tesalonicenses 2:4, LBLA).

Por otra parte Proverbios 22:1 (LBLA) dice: “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas, y el favor que la plata y el oro”. Y a Pablo le preocupaba ser desacreditado mientras administraba el dinero para los pobres: “Teniendo cuidado de que nadie nos desacredite en esta generosa ofrenda administrada por nosotros; pues nos preocupamos por lo que es honrado, no sólo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres” (2 Corintios 8:20-21, LBLA). Importaba lo que los hombres pensaran. Le enseñó a la iglesia Romana: “Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos…y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación” (Romanos 15:1-2, LBLA). También enseñó que uno de los requisitos del obispo es ser “irreprochable” (1 Timoteo 3:2), incluído entre los no creyentes: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo” (1 Timoteo 3:7, LBLA).

Pedro también pidió que nos preocupara la opinión de los extraños: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1 Pedro 2:12, LBLA).

Pregunta: ¿Cómo se resolverá esta tensión entre estos dos grupos de escrituras?

Respuesta: dándonos cuenta de que el objetivo de la vida es que “Cristo sea exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte” (Filipenses 1:19-20). En otras palabras, de acuerdo con Pablo, si importa – realmente importa – lo que opinen los demás de Cristo. Su salvación depende de lo que piensen de Cristo. Nuestras vidas deben mostrar su verdad y su belleza. Por lo tanto, si nos debe importar lo que piensen los demás de nosotros como representantes de Cristo. El Amor lo demanda.

Obsérvese donde recae el énfasis: no en nuestro valor, excelencia, virtudes, poder o sabiduría. Recae en si Cristo recibe honor por lo que la gente piense de nosotros. ¿Hacemos quedar bien a Cristo por nuestra manera de vivir? Si nos importa si Cristo queda bien.

Nuevamente, nótese una distinción crucial: La prueba de fuego para mostrar fielmente la verdad y belleza de Cristo en nuestras vidas, no es la opinión de los demás. Queremos que vean a Cristo morando dentro de nosotros y que lo amen (y por lo tanto, incidentalmente nos aprueben). Pero sabemos que tal vez estarán cegados y se resistirán a Cristo. Así que la opinión que tienen de Jesús es la misma que tendrán de nosotros. “Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” (Mateo 10:25, LBLA). Jesús quería que la humanidad lo admirara y confiara en él. Pero Jesús no cambio su forma de ser y comportamiento para obtener la aprobación de los demás. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

Sí, queremos que la gente nos vea con aprobación cuando mostramos cuan valioso es Jesús para nosotros. Sin embargo, no debemos permitir que la opinión de los demás mida nuestra fidelidad ya que podrían estar cegados y resistirse a la Verdad. En ese caso, el reproche que soportemos no es un signo de infidelidad o falta de amor.

Que Dios nos de sabiduría, amor y coraje para agradar y no agradar cuando nos aferramos a Cristo nuestro tesoro.

Pastor John

 

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